Reencuentro al anochecer
Uno de los privilegios de la vejez es que, cuando ya todo el mundo partió, reaparece de súbito nuestro otro yo.
Y reanudamos la conversación que habíamos dejado trunca desde niños cuando la realidad nos separó y llevó por caminos distintos.
Como si tras la vorágine de la vida, se despejara de nuevo el cielo y todo volviese a empezar.
Me acaba de suceder mientras, poseído por su belleza sobrenatural, haraganeaba sobre una piedra frente al mar en Bahía Culebra, Guanacaste.
Adonde desde muy güililla solía ir de vacaciones a sumergirme en sus aguas turquesa entre gritos, chapoteos y ahogadas.
La marea bajando y de la playa brotando pequeñas charcas como espejos del tiempo que te dicen cosas, evocan instantes y hacen soñar.
De repente, una ola errante que revienta y todo lo borra dejándome en su impronta de lejanías la voz de mi yo extraviado.
–Demasiado tiempo, carajo.
–Setenta años exactamente.
Esa tarde de playa, nuestros relojes también se detuvieron a mirar el revuelo de tantas nostalgias reprimidas.
–¿Te acordás de aquella Costa Rica?
–Imposible olvidarla.
–Las noches eran mucho más largas.
–Ni tele, ni celu, ni compu…
–Las tertulias en el corredor de la casona.
–A pura luz de luna.
–Y de grillos seduciéndola.
–La chiquillada, la aguadulce, el rosario…
–Ja, ja… y abuelita brincándose las letanías para no perderse «El derecho de nacer».
–Y tras la radionovela… todos a la cama.
–Asustados por el tío disfrazado de fantasma con mi sábana blanca.
–O la cincha del abuelo, que dolía y ardía.
Ninguno de los dos le quitábamos el ojo a aquel paisaje iridiscente fundido a fuego lento por el cielo y el mar al caer la noche.
–Los domingos eran únicos, diferentes.
–Nos catrineaban para salir a pasear.
–En cambio ahora, todos zampados en la casa.
–En fachas y en mechas, en panta o en «piya».
–Ay mi ropita de dominguear; lo máximo.
–Para ir a la misa a chismorrear.
–Y luego a la Sabana a mejenguear.
–Aquellas encharcadas en el barro arcilloso.
–Que nos costaban tamañas cuereadas.
–¿Te acordás del aserradero?
–Por supuesto, y de nuestros «clavados» entre la burucha.
–Colochos en la jupa.
–Y el dueño persiguiéndonos.
Por ratos el ocaso se enciende de lampos violeta, de buchones rastreando el último bocado y del viento tirando de la caravana estelar de la noche.
–Los toreros improvisados de traje entero en Plaza González Víquez.
–El Paseo Colón de jardineras, farolas, pérgolas, enredaderas, poyos, tranvías y el obelisco.
–¡Uy…! Las veces que atravesamos a toda canilla la pista aérea de la Sabana aterrizando o encumbrándose un avión.
–Todo para ir al Estadio a ver si nos colábamos.
–Nada como la inauguración de la estatua de don León aquel abril de 1952.
–¡Cincuenta mil personas!
–Ni Taylor Swift, carajo.
–Tampoco la Shaky.
–Ninguna mujer usaba pantalón.
–Todas de velo ante el altar.
–Pero vino el cambio de sopetón.
–Y con la «mini», todos a pecar.
–Las idas en tren al puerto, los gallos de papa achotada en Orotina, la horchata en Atenas, los pericos en Ciruelas…
–Las bailadas en la arena con la música ajena, el apercolle bajo el muelle, las encuevadas en Mata Limón.
–Cliente frecuente de Las Huacas, oscurita y escondidita allá por Coronado.
–Y luego a Rancho Redondo a ver la vista enroscados en la pista.
Los pájaros cruzan en bandadas la bahía y se pierden al otro lado de la península de Papagayo.
–¿En qué momento nos separamos?
–Me fui a rodar mundo.
–¿Por qué si aquí todo era así de lindo?
–Quería otra vida. ¿Te acordás de lo pobres que éramos?
–Con más razón para luchar unidos.
–¿Te acordás que nos echaron de la casa por ser hijos de madre soltera? En ese San José que hoy recordamos empático y simpático, subyacía el dogma y el tabú que nos condenaba.
–¿Por eso decidiste huir?
–¿Te acordás de nuestro vecino rico que todo lo tenía y de todo comía? ¿Incluso un «Niño Dios» de lujo, cada Nochebuena, mientras el nuestro ni siquiera existía?
–Era nuestra realidad.
–Pero a mí me traumaba, asustaba y hacía sentir inseguro.
–No tenías por qué desgajarte así de tu yo troncal.
–Veía, en otros, cosas maravillosas que no veía en nosotros.
–Teníamos valores, fortalezas, educación, inteligencia…
–Preferí una burbuja, imagen o ego como exilio para alejarme de esa infame realidad.
–¿Lo lograste?
–La verdad, no. Debo admitirlo. Viví como rey entre lujos, fama, poder, fiestas, carrazos, paseos, chicas, dinero… pero con el tiempo descubrí que todo era falso, fachada, impostura.
–¿Cómo así te diste cuenta?
–Igual: no era feliz. Nunca nada me era suficiente, quería más y más, insaciable, acumulador compulsivo, insensible a los demás.
–Pero lo tenías todo.
–¿Y qué? Los miedos seguían, me perseguían, no me dejaban en paz. La tristeza me impedía escapar al dolor de la realidad interna, a la culpa, a mi falta de sentimientos. Muy diferente de vos.
–Ambos venimos de la misma cepa.
–Sos conservador, estoico, resignado a las cosas. No sé. Incluso aburrido. Te gustaba la ópera y a mí el rock; la belleza inteligente y a mí la voluptuosa; no te importó nunca el dinero, y a mí mucho.
–Vivo feliz con poco.
–Nunca aprendiste ni a bailar.
–Al menos me meneaba.
–Aferrado a tus quehaceres y deberes, víctima de una vida reglamentada, estructurada, de horarios, acartonada.
–Con los pies sobre la tierra.
–A lo que siempre le tuve pavor.
El sol se apagó y la noche se abrió a sus propias luces, a su propio amanecer, a su propio devenir.
–¿A qué has vuelto, entonces?
–A cicatrizar las heridas de mi autoestima no escabuyéndome ni negándome más a mí mismo.
–¿Incluyendo tu vejez?
–Me está golpeando y será mi prueba de fuego. Trataré de superarla a «güevo», sin cremas, colágenos, polvos ni aceite de tortuga.
–¿Crees que, al final, te traicionó tu propia máscara?
–Por eso he regresado a mi yo primordial, a nacer de nuevo, aunque sea ya para morir, la mayor de las pruebas, pero morir hablándonos, como siempre debió haber sido. Perdón, hermano.
–Eso me gusta; irnos hablando de espaldas a lo que fue, sin darnos cuenta de lo que viene.
–Como un solo yo.
–El que vino y el que se va.
–¡Qué mejor compañía!