Ni soy de aquí, ni soy de allá
Ahora casi no salgo de casa porque afuera en la calle me esperan siempre cosas cada vez más extrañas.
Debe ser por la progresiva incompatibilidad entre mis ochenta y el mundo hipermoderno de gente y tecnologías que me hacen sentir algo alienígena en mi propio solar.
«Señal inconfundible de que ya estás de museo, papito», parece decirme mi bro interior, siempre tan aguafiestas y bajapisos.
Y sí, adonde vaya o esté ahora, soy siempre el más anticuado y descontinuado, a mucha honra.
En supermercados, «hooters», bodas, «jungle bars», aeropuertos, «wet lounges», restaurantes…
¿Qué se hicieron mis coetáneos? Se me han estado yendo de a poquitos.
Se salvaron de esta inadaptabilidad que vivo a todo lo «cool» que me rodea.
Por eso, cuando ahora me atrevo a salir a la calle, avanzo a salto de mata tratando de pasar inadvertido para no ser emboscado por el ridículo.
Porque todo se me hace un colocho, desde pagar las compras en el «súper» con el celu, hasta fotografiar el QR del menú en los restaurantes para una simple sopa negra.
Ni se diga tener que hacerle el «Sinpe» cada lunes, desde el carro, al ambulante de los jocotes y culantros en media calle entre presas, pitos y putazos.
Siento, pues, que en nada calzo, que estoy desfasado y «out of order», para decirlo en el inglés de «Tresrri», mi pueblo actual.
Por más esfuerzo que hago para actualizarme, sigo anclado en la Costa Rica de patio con gallinas y chayotera.
No es que pretenda, jamás, un tú a tú con la generación Z, pero he llegado a estar en reuniones donde las cuatro personas que me acompañan están tatuadas hasta las orejas y yo desentonando sin nada friki que ofrecerles.
Tanto así que estoy pensando tatuarme en la frente un «tercer ojo» a ver si logro una mejor percepción de la realidad.
Sobre todo, ahora con esto de la inteligencia artificial que me pimponea entre la realidad virtual y la realidad aumentada sin saber yo, finalmente, cuál es la mía de fábrica.
Lo único que sé es que por cada columna que me mato escribiendo, esas tecnologías se podrían disparar, fácil, más de 800 en un santiamén, aunque, claro, con sabor a algoritmo o a chatbot.
Las mías, en cambio, saben a sangre, sudor y lágrimas.
Tampoco es que me sienta tan cavernario como para apestar a naftalina, moho o ropero Luis XV, pues sé sobrellevar con dignidad mi propia Edad Media ciberpunk.
O, para decirlo en la jerga informática, sigo siendo un chico puntocom.
Por lo que no se extrañen si se topan conmigo en la calle luciendo un poco vintage, o siguiendo la influencia retro, por cierto, a muchos años luz de la «eccentric» de los viejillos verdes.
Pero más allá de lo chic y «fashion», la vertiginosidad de lo tecnológico es lo que más me alburea, desde el Metaverso virtual hasta la cotidianeidad de nuestros robots electrónicos.
Y no es que sea neofóbico ni tecnofóbico, sino que la complejidad de los chips, bios, bits y cúbits sencillamente me descoyuntan la psique de solo imaginarlos suplantando mi ser.
Entendiendo por «ser», depositar mi conciencia en un ordenador cuántico con lo mejor de lo vivido, pecados incluidos.
O bien, empacarme al vacío a niveles tan de la longitud de Planck que ni el pisuicas me encuentre.
Siempre les he tenido ojeriza, por ejemplo, a los lavatorios públicos modernos porque ya no son, como antes, de abrir la llave, enjuagarse y listo.
Para que salga el agua, ahora hay que ensayar una serie de movimientos manuales, entre védicos y chamánicos, antes de que el ojo electrónico te detecte y la haga fluir.
O sea, tocando aquí y allá, tanteando así y asá, para que al final tampoco mane el líquido milagroso.
Alguien que me pilló intentándolo en vano se compadeció: «Con el pedal, señor, con el pedal».
Acabo de estar en un lavatorio del edificio tres del hospital CIMA donde, ahí sí, la volé y gacho.
Nada que salía el agua, pero como nadie me veía, me inflamé de autoestima para resolver el enigma con mucha fe en mí mismo.
Le di palmaditas al espejo, doble toque a la llave, un manazo al secamanos y un rodillazo al mueble.
Hasta que, vencido, cabizbajo y humillado, acudí finalmente a la portera del piso quien, sin inmutarse, me desveló el secreto en un santiamén:
«Es que hoy no hay agua».
Estos traumas los arrastro desde un viernes en la tarde cuando, tras subir a un ascensor, la puerta se cerró y, al intentar apretar el botón del piso adonde me dirigía, no había botón, ni perillas, ni teclas, ni intercomunicador de emergencia, ni nada de nada.
Por lo que, de nuevo, en busca del hijuetal sensor… mi danza ecuménica de frotar paredes, aplaudir, soplar, carraspear, saltar.
Incluso decirle cosas como «piso cinco, por favor», «se me hace tarde», «dejate de varas», «no estoy de humor» … tomando en cuenta que hoy en día muchos de los dispositivos electrónicos se activan hablándoles.
Mas todo fue inútil.
Tocaba ahora gritar, y grité; insultar, y putié; aullar a lo simio, y.…tampoco me escucharon.
Resignado a mi suerte y a una claustrofobia de manicomio, me quedé allí horrorizado de que ese ascensor no se moviera más en todo el fin de semana hasta el lunes.
Al punto de que hice un croquis mental sobre cómo afrontar allí mis imperativos biológicos en cuanto a posiciones, estilos, ángulos, acústica y dirección del viento (de popa, obvio).
Hasta que, a los veinte minutos, aquella trampa de acero se estremeció, crujió, descendió, aterrizó, se abrió y ni el humo me vieron.
Al quejarme luego por lo sucedido, me explicaron que se trataba de un ascensor de bodega manejado automáticamente desde esta en el sótano.
Hace poco, en barrio Escalante, al toparme en su carro a un amigo que me ofreció un aventón, viví otra gran regada de maíz canasto incluido.
De momento no pude reconocerlo a través de esos vidrios-espejo de ahora, hasta que surgió su voz metálica, como llovida del cosmos, para identificarse e invitarme a subir.
De apresurado, traté de abrir la puerta y no había por dónde. Entonces, le apliqué la magia al estilo lavabo y la pendeja nunca abrió.
En eso, de nuevo, la voz sideral: «Suave, mae; ya te abro».
Resultó que mi amigo andaba en un Tesla última generación de esos cuyas puertas se abren y despliegan como las alas de un cóndor.
Un chunchazo tipo nave espacial por dentro, apenas para mí que aprendí a manejar en una carcacha de los años treinta allá por el viejo Estadio Nacional.
La verdad, mi única esperanza hoy para no sentirme tan antigualla es poder llegar al año 2065 cuando, según las estadísticas demográficas, los viejitos seamos numéricamente más que los jóvenes y entonces sí, maes, seré otra vez gallo en mi patio.
Y, como diría la canción… ¡A mi maneeeeeeraaa!