Mi columna en peligro
Paso por la pena de anunciarles hoy que esta columna corre peligro.
La razón es muy simple: su proteína, la palabra, está cada vez más escasa.
Peor aún, en vías de extinción en el mercado del pensamiento, las ideas y las imágenes.
Temo que, por un imperativo tecnológico de la época, su majestad la máquina se esté convirtiendo en la sucesora evolutiva de la palabra.
Al punto de que, yéndome bien, acabaré como los simios: comunicándome aquí con un gruñido.
Lo cual, viéndolo bien, no es tan mala opción con tal de no perder la columna del todo.
A nuestros parientes homínidos les bastaba ulular su estridente «hoo» para estremecer la selva entera.
Una expresión tan rica en matices, acentos, ritmo, tonalidades, frecuencia y musicalidad que comprimía todo cuanto sentían.
Peligro, dolor, hambre, enojo, deseo, aventura y, no podía faltar… amor.
Un «hoo» de ellos, partido en dos sonidos, era su gran llamado, a todo pulmón, a la preservación de la especie.
Y aquella jungla vuelta loca en un pandemónium de sexo a morir hasta que un nuevo «hoo» llamaba al orden, al recato y a la rehabilitación.
Tan me entusiasma esta idea que, ante el peligro que sobre mi columna se cierne, feliz adoptaría esa sola inflexión para seguir interactuando con ustedes.
Igual de seductora y, ojalá, con el mismo almizcle y afrodisiaco para atraer a más seguidores a esta cofradía de lectores sabatinos.
Prefiero esto, por lejos, que una columna escrita en el aire a punta de señales de humo tomando en cuenta que, a mis años, ya no soplo.
Tampoco me atrevería a los jeroglíficos o a la pintura rupestre porque debo ser pésimo con la pluma de ave y el pincel de pelo de camello.
Mucho menos intentar al lenguaje gestual con las barbaridades que aquí digo.
En su evolución, la herramienta de la palabra ha labrado el desarrollo de una vastísima cultura que, paradójicamente, pone ahora a su progenitora en capilla ardiente.
¡Ay el lenguaje tribal de nuestros indígenas inspirados siempre en la naturaleza, la belleza y el más allá!
Y en la guerra, pues había que defender lo suyo del enemigo cuando este invadía territorios, robaba el oro y arrasaba las cosechas.
Incluso dándose el tupé de secuestrar a las princesas indígenas más bellas, sexis e influyentes.
Como Dulcehe, de la tribu Quepo, víctima de las ambiciones expansionistas del cacique de Coctú, liberada finalmente por Juan Vázquez de Coronado en 1563.
Alucino entrevistándola sobre los peñones del acantilado que, con vista a playa Uvita, Ballena e Isla del Caño, solía ella frecuentar al amanecer.
En ese lenguaje de dialectos salvajes cuyo origen chibcha se viralizó por todas las comarcas desde la bribri hasta la huetar.
Pasando por la cabécar, guaimí, térraba, boruca y de los guatusos.
Me puedo imaginar entonces una columna mía también en honor a la «Cucha», mujer más bella que el arco iris; o de la «Guaricha», indígena solitaria, princesa joven y guerrera en cualquier terreno.
Aunque quizá también otra, punzante y lacerante, contra el cacique de turno que vendrá por ellas a quitármelas armado hasta los dientes de flechas y puntas de lanza hechas con madera de pejibaye.
Conmigo retándolo, desde la columna, para intimidarlo, según yo: «Ipcua quico mhuquy: ¿ipcua mquyiobas mhuquybe?».
Algo así como «¿A qué venís, mae? Andá jalando; esto es mío».
Siglos después, ya con el español en funcia, nuestra lengua campechana fue adquiriendo un aire bucólico hermoso por lo sencillo, expresivo y pintoresco.
Perfecta para garrapatear columnas con ese sabor tan suyo a fogón, a marimba desbocada, a relincho de mujer y a mar en plenilunio.
Para sentir su lenguaje autóctono con sus chafirrazos, ironías, sátiras, guasa, pasiones y vida recia entre animales, montañas y ríos.
¡Aquellas palabras…!
«Acuantacito», «clueco», «tiernisititico», «pujienta», «cuilmas», «faruscas», «¡adió!», «tajona», «¡ate vos!», «quedirán», «puñeta», «moscón» y tantas otras que ya no se dicen.
¡Y frases…!
«Vi a Chente bien alicoreado yendo pa donde la querendeme».
«Vení, serví p’algo».
«Jalame el hule».
«Ramona es apenas una cursienta y ya quiere marido».
«Horitica vengo que voy pal cerco».
«¡Ay sí, quemené!».
«Tráigase la cuijen a ver si tiene huevo».
No obstante, estábamos en esta parte simpática y folclórica de nuestro verbo cotidiano cuando nos cayó el tico entre «pinta», «pipi» y «milenial» con el dialecto «puravida».
Que llamó «cachos» a los zapatos, «chepo» al que todo lo quiere averiguar, «jacha» a la cara, «manteca» a la mama, «pichudo» a lo excelente.
Así mismo, «canchis canchis» al sexo tieso y parejo, «yeyo» al patatús, «chema» a la camiseta, «filo» al hambre y «camote» al loco.
Pero lo peor estaba por venir con la contracultura watsap.
Ahí sí nos llevó candanga porque entramos todos en barrena directos a chocar con ese nuevo mundo web entre virtual, digital y artificial contra la palabra.
¡Apocalíptico!
Porque nunca será lo mismo que una fan me diga en un comentario «te quiero todo, besos», a que me diga «tk td bss».
No sabe, no llega, no enciende por más «xoxos» volados que me sople.
O que me escriba «grax x la cl y ft» o «salu2, mua, ILY, juajuajua».
Ni mi columna ni los comentarios los quisiera así jamás.
Necesito palabras que me exciten las pocas neuronas que me quedan para salpimentar este intercambio de vida intensa, gustos y desafíos incluidos, con los lectores.
Y, bueno…para ponerle el perejil al gallinazo, la inteligencia artificial se nos vino encima con todo a charralear nuestra realidad para imponernos la suya.
Concebida a imagen y semejanza del lado más oscuro del ser humano.
Mentir, estafar, plagiar, manipular, desinformar y engañar.
Fría, insensible, discriminatoria.
Contra la privacidad, la ética y la transparencia y a cargo de fomentar la desigualdad, la pérdida de valores, la inseguridad y el retraso mental.
Amén de propiciar algo que a ustedes y a mí nos toca en lo más profundo del ser: la desconexión humana.
De modo, queridos amigos, que no se extrañen si en mis próximas columnas aparece, aislado e íngrimo, el monosílabo «hoo».
Léanlo bien, por favor, hasta encontrarle la magia o el mensaje encriptado que les enviaré.
Siempre, por supuesto, sabrosón, jacarandoso, con puya, buen son, tumbador y ricachá.
Es decir, y para ponerlo en tecno, pura IT o Insurgencia Tropical, la chupeta con la que me criaron.