¿Me aceptás como tu novio?
Aquella lejana noche de diciembre de 1963 llegué con tabaquillo y canillera a la casa de la muchacha decidido a «declarármele».
Con tabaquillo, por mi timidez ante ese acto solemne, y con canillera, porque era en Taras de Cartago y el volcán Irazú retumbaba de furia.
Pero ella bien valía la pena y el riesgo de enfrentar los peores desafíos de la naturaleza humana y geológica.
¡Quién no recuerda esos años mozos de la «marcada» en casa de la novia en medio de grandes peripecias para ese primer beso inolvidable con abrazo y apañe!
Tan diferente de ahora cuando basta un «cambio de luces» entre él y ella en cualquier lugar y momento para que en un santiamén estén ambos hechos un ovillo de amor.
Un beso que, robarse, costaba horrores ante el ambiente algo subrepticio entre chaperones, pasos alrededor, ojos y murmullos tras bastidores y ese suegro sobrevolando el campo de batalla.
A mí me ayudó mucho el comienzo de la televisión que mantenía a las familias distraídas en el antecomedor viendo el Gato Félix o Popeye como la gran novedad.
Y ya con la llegada de las telenovelas fue la miel sobre el pastel porque el suspenso provocado por estas literalmente anestesiaba al «enemigo» que se olvidaba de nuestros idílicos escarceos al otro lado de la pared.
Ignorando que ahí en la sala yo libraba otra novela pasional en vivo, sin anuncios y a toda adrenalina en dos frentes a la vez.
En uno, administrando la libido para que no me fueran a agarrar en posición fuera de juego o faul de tarjeta roja, y en el otro, monitoreando al suegro por si se acercaba de puntillas.
La suegra era nuestra aliada porque cuando veía que el esposo se escamoteaba a hurtadillas hacia la sala, carraspeaba, silbaba o cantaba un pedacito de «Ayúdame Dios mío…»
Esa vez, mi primera vez, pasé la semana entera ensayándolo todo, desde el tono de voz con el que me le declararía a mi pretendida, hasta la pose varonil y seductora, estilo Tony Curtis, que me asegurara su «sí» sonoro y rotundo.
Aunque tampoco descartaba el «no» sorpresivo a juzgar por los otros dos o tres carajos que desde hacía varias semanas también la andaban sabaneando por su belleza, simpatía y chispeante vitalidad.
No obstante, eso de que te costara ganarte su corazón era más bien lindo y emocionante, a diferencia de estos tiempos en que entra uno a internet y aparecen chicas de catálogo a un clic de la cita y el acueste.
El asunto es que ya era jueves, el tiempo volaba y la hora de la verdad se acercaba con todo aquel revoloteo inicial de maripositas en mi estómago convirtiéndose en turbulencia grado 4 y subiendo.
Tanto así que, del «taco» que me daba el encuentro con ella, en el barrio me notaban con abejón en el buche, no quería mejenguear con los compas por las tardes y tampoco comer en la casa.
En cambio, ahora hay parejas que sin necesidad de verse «marcan» de pantalla a pantalla a través de mensajes, signos y emoticones que jamás podrán compararse con la prensadita, el abrazo torniquete y el «beso maracuyá», un ratito por acá y otro por allá.
Con el agravante de que cualquier relación sentimental a través de internet podría verse expuesta a engaños, falsas identidades, imágenes manipuladas, Photoshop y realidades aumentadas.
Es decir, que para quienes venimos de la época de la «marcadita» en la sala con bailadita, susto, restregón, susto y zancadilla, el arrime virtual y estriptis digital actuales son un desperdicio.
Máxime cuando ya tenés seis meses de visitar a tu chica y la confianza en uno de parte de los suegros es tal que hasta te dejan solo con ella cuidando la casa para irse ellos a algún mandado o rezo.
Entretanto, uno rezándole también al Señor desde otra frecuencia celestial para que todavía no lleguen y así poder aprovechar el zarpe bailable que uno empieza en la sala y acaba en el patio de pilas con el gato samueleando.
La víspera de la cita mis amigos del barrio me aconsejaron empujarme un par de «riflazos» antes del encuentro para así dominar por completo la escena, pero no me atreví por la mala impresión que desde el arranque podía dejar en mis suegros.
Mi otra congoja era cómo vestirme esa noche, si a lo jipi con pantalones acampanados, copete tipo Elvis o algo más tropicalón y anacobero estilo Daniel Santos.
En esa época la música era, aunque toda muy bonita, un revoltijo de tendencias porque el tango ya iba de salida, el pop llegaba, el «rock and roll» marcaba ya los compases del planeta, las rancheras se mantenían a todo son y los boleros seguían siendo la mejor llave para ingresar a muchos corazones.
«Reloj no marques las horas», «Bésame mucho», «Noche de ronda» …
La vaina conmigo era que, como buen bicho raro, desde los 13 años me incliné por la ópera y ni modo que iba llegar a donde mi «futura» con pinta de Mefistófeles o Nabucodonosor.
Hasta que, bueno, llegó el día D («de» de declarármele) y yo andaba de aquí para allá como gallina con pujo, el corazón a mil y sin concentrarme en nada.
Se suponía que yo llegaría a la casa de ella como a las 7 de la noche y ya desde las cuatro empecé a alistarme porque tenía que agarrar dos buses.
En marzo de ese año habían comenzado las erupciones de ceniza del Irazú y, a principios de ese mismo diciembre, dos cabezas del rio Reventado habían convertido a Taras en «Zona Cero».
Por ese entonces yo todavía me bañaba y lo hice ese día a media tarde para llegarle a ella fresquitico y, gracias a un vecino que me regaló una untadita, oloroso a Old Spice, es decir, a lo que todo San José olía en esa época.
Desde monseñor hasta cualquier señor.
En esos años yo usaba botas «Turrialba», me puse un pantalón azul de corduroy de segunda pierna y una camisa de rayas tipo «beach boy» para no desentonar con lo «cool» del momento.
Antes de tocar la puerta, me respiré todo el aire del barrio para sacar pecho, conté hasta diez, que se me fueron a 50; me lustré las «Turrialba» contra la pantorrilla del pantalón y… «vamonos, carajo».
Se abrió la puerta al instante, señal de que me esperaba, y allí estaba ella, de botas go-go, pelo corto con flequillo, blusa de escote insinuando los abismos de la perdición, mi perdición, y una mini que dinamitó toda mi estrategia de recato, pulcritud y sobriedad.
¡Y yo sin plan B ni tabla de náufrago!
Le di la mano (en esa época todavía no se estilaba saludar de besito en el cachete), me hizo pasar y, en el momento en que la suegra y la chaperona se aproximaban a saludarme con gran donaire, se vino tal temblor que la casa se volvió al revés.
Era, seguro, el Irazú poniendo orden y autoridad ante las tentaciones del pecado.
La suegra corría por toda la casa gritando «santo dios, santo fuerte, santo inmortal» y yo corría detrás de ella no sé por qué, al punto de encontrarme al suegro bajando las gradas medio turumbas con un litro de wiski, mitad por fuera y mitad por dentro.
¡Y yo que desprecié los «riflazos» por mantener las formas!
La chaperona agarró calle abajo y sin rumbo, la empleada se quedó petrificada en la cocina y a mi princesa la perdí de vista.
El trauma por lo del volcán y el Reventado tenía a los cartagos a tal punto saltones que una vagoneta que pasara por el frente de la casa y cimbrara los espantaba.
Al final, todos acabamos en media calle con tal frio y miedo que la chica se me acurrucó como si nos conociéramos de toda la vida.
Más aún con la sucesión de réplicas que se vinieron y que me permitieron ofrecerle a ella lo mejor de mis «primeros auxilios».
En todo caso, fue la declaración de amor jamás vista, vivida y sentida.
Traigo a colación este episodio porque, esta semana, una compañerita de mi nieto, de apenas 13 años, le hizo a este una pregunta lapidaria en pleno recreo que marcó su antes y después:
«¿Me aceptarías como tu novia?».