Mis peripecias con Bukele
Reconozco hoy aquí que la noche de la cena en honor del presidente salvadoreño Nayib Bukele, en el Teatro Nacional, hice trizas el primer mandamiento de mi moda personal: «No usarás traje entero ni corbata».
Si algún experto en estética me hubiera observado en detalle durante la gala, se hubiera dado cuenta, por ejemplo, de que mi glamur era de retazos misericordiosamente prestados, a última hora, por familiares y amigos.
El saco que llevaba puesto era de una tela y de un color negro muy diferentes de los del pantalón; aquél, prestado por un vecino, y este, por un pariente cercano, ambos sacados de las catacumbas de sus closets. (La ropa, no ellos).
Además, mis zapatos no eran zapatos, de esos tipo sedán, y menos de piel o charol europeo, sino unas botonas viejas que un par de días antes tuve que llevar a reparar al taller El Cometa, en el centro de Curridabat, porque la falta de un tacón en una me hacía cojear la vanidad.
Además, la corbata que iba a ponerme era la que usé la noche de bodas con Pilar, hace casi medio siglo, y que conservo como una reliquia en el mejor lugar de la casa: mi caja fuerte subterránea, inaccesible a los «oijotos» en caso de allanamiento.
Hasta que Pilar misma me advirtió que, de acuerdo con el protocolo, no podía usar corbatas chillonas de alegrías tropicales, sino negra o gris plata.
¡Las vueltas de la vida! Me la terminó prestando un hijo mío también de su matrimonio hace catorce años.
De algo sirven los matrimonios, carajo.
Y en cuanto a mis trapitos íntimos, si bien el protocolo oficial no puso condición alguna, quedé a expensas de los escáneres de seguridad que todo lo detectan, alumbran y cacarean.
Que si fueron comprados en Sara, que si en el mercado de mayoreo, que si de polyester chino o algodón peinado; año, modelo, «size», chasis y mufla.
Admito, eso sí, que la transgresión a mi «look» informal la hice con mucho gusto y consciente de la prominencia del personaje y de su singular e inédita trayectoria presidencial.
Bukele simboliza el cambio y la nueva era de un país que durante casi cinco décadas fue castrado por una oligarquía dura y pura que, bajo su control, delegó el poder político en el ejército militar.
Un interminable periodo de fraudes, anarquía, desigualdad, opresión, secuestros, huelgas y hasta masacres que sembraron la semilla del que llegó a ser uno de los países más violentos del mundo.
Masacres como la ocurrida en la Plaza de la Libertad, en San Salvador, en febrero de 1977, cuando como periodista me tocó vivir, junto con el recordado fotógrafo «Juano» Aguilar, el ataque sin asco de los militares.
Ambos habíamos planeado aproximarnos a la plaza en taxi de manera que no pudiésemos ser descubiertos por el ejército en el instante de tomar las fotografías sobre aquella zona de tragedia.
Parte crucial del plan era llevar varios rollos de película falsos para que, en el evento de que los militares nos cayeran y exigieran el material, entregarles estos y no los reales mediante un hábil juego de manos.
No obstante, el plan se nos cayó de cuajo cuando una ráfaga de ametralladora taladró el pavimento cerca del taxi y un pelotón nos encañonó, a través de las ventanas, de arriba abajo.
Ahí por primera vez supe a qué olía la embocadura de un fusil de asalto.
En el mismo vehículo volamos a donde se encontraba en ese momento el presidente salvadoreño Arturo A. Molina para reclamarle el atropello de su gobierno a la libertad de prensa y democracia de la que él tanto se jactaba no obstante estar su país en llamas.
«Deme quince minutos», me dijo.
Media hora después, en el vehículo presidencial conducido por él mismo con sus escoltas, regresamos al mismo sitio donde nos habían confiscado el material periodístico.
Al bajarse el presidente del auto, no se movió ni la hoja de un árbol. Caminó unos diez metros y conversó cinco minutos en privado con dos altos oficiales. Luego se volteó hacia mí y me preguntó:
–¿Cuándo se regresa a Costa Rica?
–Con lo que me acaba de ocurrir, hoy mismo en la tarde.
–Su avión no se irá, ni usted regresará a su país, sin los rollos. Le doy mi palabra.
–Eso espero, señor presidente.
–No quiero que en su país hable mal del nuestro –se despidió.
Tras una hora sentados en el avión de LACSA esperando el despegue, el piloto se disculpó por el retraso del vuelo debido a «órdenes de Estado».
De repente, un militar, más grande que el mismo avión, entró a la cabina, tomó el micrófono, me llamó por mi nombre, se acercó a mi asiento y me devolvió dos de los cartuchos, cuyas fotos fueron publicadas en la edición de La Nación del día siguiente.
No solo viví muy de cerca ese ambiente convulso durante el régimen de Molina (1972-1977), sino también del general Carlos Humberto Romero (1977-1979) y de Arnoldo Majano (1979-1980), este último ya como presidente de la Junta Revolucionaria.
Tras sus primeros escarceos en política como «outsider», Bukele, no sin cierta dificultad, logra escalar posiciones que le permiten llegar al poder en 2019 con el apoyo de un pueblo decidido a acabar y destronar el bipartidismo que desde finales de la guerra civil, en 1992, traía al país en picada.
A partir de entonces, y ya con una holgada mayoría en la Asamblea Legislativa, el presidente Bukele empezó una purga institucional para acabar con toda la red mafiosa de corruptos que tenían a los salvadoreños en la peor opresión y miseria.
No por casualidad, lo mismo que la gran mayoría de ciudadanos costarricenses está queriendo hacer a partir de febrero de 2026 con el objeto de recuperar el poder y la institucionalidad que la dictadura bipartidista le arrebató.
Debe ser por eso que diputados como Rodrigo Arias Sánchez, presidente de la Asamblea Legislativa, y magistrados como Orlando Aguirre, presidente de la Corte Suprema de Justicia, desde el principio se mostraron remolones para recibir al presidente Bukele.
Por lo que, ante el peligro de un desaire de parte de ellos o de los diputados amargados de oposición, el Poder Ejecutivo los excluyó de toda actividad oficial con el mandatario salvadoreño.
Y bueno, volviendo al tema del homenaje a Bukele, sin duda el Teatro Nacional sigue siendo, por excelencia, el escenario cultural más distinguido y exquisito de nuestro país.
Durante el acto dominó, además de un ambiente musical y coreográfico con sabor a patria y de gran camaradería entre los asistentes, la expectación por el encuentro entre ambos presidentes.
Y del mío con Pilar que siempre aprovecha esas celebraciones y tumultos para perderme, aunque, como buen gato, le llego de nuevo.
A propósito, a ella y a mí nos faltaba superar nuestro gran reto de la noche: cómo lidiar, sin profanar el ritual, con una cena que no sería para ninguno de los dos por ser ella vegetariana y yo vegano.
De entrada, ceviche de corvina reina en mousse de aguacate y hojuelas de malanga.
De plato principal, «roastbeef» chutney de limones con antipasto de berenjenas asadas, espárragos y chiles dulces.
Ahí mismo le propuse a Pilar un proyecto de ley para que, a futuro, en estas cenas de gala se incluya, como opción B, la sopa negra con par de guineos, tortilla y aguacate más un top de cebollita morada a la vinagreta.
O, diay, un «típico» con todo, pico ‘e gallo incluido, y vino de nance, buenísimo para ponerse en trance.
Lo que ella y yo hicimos para no alterar la majestuosidad del momento fue «sobornar» a nuestro mozo para que, de esos manjares, nos sirviera solo el pasto, o sea, el churristate, que llaman, con sobredosis de malanga.
Buenísima para el corazón y, en consecuencia, para el amor. Sobre todo, para el amor en los tiempos del auxilio, socorro.
Y, bueno, aunque el postre era un espectacular «terrine de chocolate oscuro de Talamanca con moras silvestres», la cereza la puso allí mismo el propio presidente Bukele.
En un gesto de solidaridad y amistad con nuestro pueblo, anunció la inmediata llegada al país de 300 rescatistas salvadoreños, más 15 toneladas de víveres y seis toneladas de insumos y equipos para ayudar a los miles de víctimas y damnificados por las inundaciones.
Qué hermoso cuando gobernantes como Rodrigo Chaves y Nayib Bukele se unen de corazón para servir, como debe ser, a sus pueblos y a su patria, muy por encima de la pequeñez de sus detractores.