Finde tico en Miami

Oleadas de ticos se atropellan los fines de semana para irse de compras y aventura a Miami.

Evocando los legendarios años setenta cuando medio país se embutía en un avión de LACSA para traerse de regreso la Navidad entera.

Solo que ahora se ha puesto de moda viajar en vuelos tipo «Periférica» los viernes a medianoche llegando aquí de vuelta los lunes al amanecer.

Les va mejor así que comprar en San José o viajar a Guanacaste donde los precios se disparan a diario de manera escandalosa.

Haciendo que los papeles se inviertan: los gringos p’ acá y los ticos p’ allá.

Mientras la travesía a Miami dura, en tiempo bruto, dos horas y media, a Guanacaste puede demorar entre cinco y siete horas, según al santo que se le rece.

Si bien los ticos «mayameros» y mañaneros tienen que estar dos horas antes en el aeropuerto, se la pasan bomba en las salas de espera hablando, socializando e intrigando entre ellos.

No obstante, durante el vuelo ya la cosa cambia: el avión parece un centro de rehabilitación con todo el mundo decapitado sobre braceros, ventanas, mesas y asientos ajenos y propios.

Vista de frente, la cabina principal semeja un campo de exterminio.

Claro, tras una semana de arduo trabajo, la hora de ese vuelo es infame, pero tiene sus gratificaciones.

La principal, los bajos precios.

Del boleto aéreo, de los rentacares, hoteles, restaurantes, «airbnb» y tiendas, pese a la elevada inflación en los Estados Unidos.   

Una de las aerolíneas ofrece, por ejemplo, tarifas de $377 a Fort Lauderdale, aunque sin derecho a equipaje.

Algo que el pasajero asume con estoicismo así tenga, encima, que viajar estrujado, frente al servicio sanitario y sin un mendrugo ni bebida de «cortesía».

Es tal la competencia actual entre aerolíneas que, si usted es un «gato» buceando en internet, puede conseguir tarifas a Miami hasta de $70 ida.

Mi consejo es que, de lograr usted semejante ganga, se fije bien, antes de abordar, si su avión tiene las dos alas completas.

Como parte de esta rapiña en las alturas, aerolíneas de renombre ofrecen sus propias promociones, también sin equipaje ni elección previa del asiento.

Léase, a donde caiga.

Otras, más espléndidas, lo dejan llevar equipaje de mano, pero por $414 y medido.

¿Cuál es entonces el atractivo de ir de compras a Miami si ni siquiera se le permite o facilita al cliente una pinche valija?

Hay dos tipos de pasajeros.

Los que, en su mayoría, efectivamente van de compras a «outlets» tipo Sawgrass Mills, Dolphin Mall, Dadeland Mall y Florida Keys.

Y…  ¿la valija?

Ya todo está inventado, calculado y organizado por la masa de compradores.

Corren a los mercados de maletas «de segunda», como Ross, y se compran una bien «baratieri.»

Al costo, o menos, de lo que se ahorró en el viaje de ida no llevándola.

Otra opción es, de ida, meter una maleta dentro de otra y pagar solo por una para, al regreso, incluir ambas.

Con un riesgo: que al llegar al caunter se haya excedido de los 23 kilos y tenga, en medio de la multitud y urgencia de abordar, que desbaratar la maleta.

Su fórmula para esto es bien conocida: desde ponerse seis camisas a la vez, cuatro chaquetas, tres chores, cinco relojes o pulseras en cada brazo…

Hasta arrancarle de cuajo las cuatro ruedas giratorias y manija telescópica a la maleta «de segunda», y saltar varias veces sobre el «carry on» para deshincharlo y hacerlo entrar en la horma metálica de la aerolínea.

Su otro recurso para abaratar aún más el viaje es organizarse en grupos y alquilar apartamentos de $200 la noche de modo que, a cada uno, le salga en $30, $40 o $50, así acaben mal durmiendo en un sofá o colchoneta de ocasión.

De la misma manera con el auto alquilado, que pagan entre tres o cuatro para economizarse un montón.

El segundo perfil de pasajero, dentro de la modalidad de «low cost», es el aventurero, el «alma libre», el peregrino.

El que del todo no necesita valija porque va a Miami con el único fin de enfiestarse en South Beach, Ocean Drive, Wynwood, Ball and Chain o Wood Tavern sin siquiera mirar una tienda.

Su equipaje es él mismo, a reventar de buen ánimo, emociones, facha sicalíptica y ese estado de liberación que le produce la música «hip-hop» frente al mar, las chicas, lujuria y demás fantasías.

Para no hablar del tico, también «mayamero», que viaja en vuelos normales a toda hora, a toda pierna y a toda valija.

¿Por qué medio siglo después seguimos yendo en masa a Miami a lo mismo?

Guanacaste, nuestro máximo emporio turístico en la actualidad, se vuelve cada vez más inaccesible a la mayoría de los ticos.

El auge imperial de su desarrollo hotelero e inmobiliario a lo largo de las costas en Carrillo, Santa Cruz, Nicoya y Liberia le es una barrera turística infranqueable.

En cuanto a precios en general e incluso a su derecho de visitar las playas con la libertad y facilidad de antes.

Empezando por la suite Las Olas, sobre la península de Papagayo, cuyo costo, por noche, es actualmente de $50 000 para dos personas.

Así como lo leyó.

Ubicado muy cerca, por cierto, de la troja (galerón de los campesinos para almacenar granos, frutos y herramientas) donde, de paseo, yo solía dormir hace 63 años al precio de un ataque de purrujas.

Y terminando por hoteles de playa cuyos precios por habitación para dos personas en temporada alta van desde los $260 diarios a los $600, más impuestos, comidas y bebidas.

Por el mismo rumbo parecen ir las costas del litoral Caribe y Pacífico Sur, a juzgar por el incremento en los permisos de construcción de complejos turísticos de gran envergadura.

 ¿Extraños en nuestra propia casa?

Finalmente, la bandada de ticos regresa al país lunes a medianoche o de madrugada, apenas para alistarse e irse de nuevo al brete con más cara de almohada que de insigne labriego.

¡Pero fueron a Miami!

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