En busca de un imposible

Tengo la vida entera de andar buscando un imposible: la mejor playa de Costa Rica.

¿Cómo debe ser esa playa?

¿De belleza inmaculada: mágica, exuberante, sobrenatural?

¿La del primer amor, el primer beso, el primer apretón?

¿Cuántos romances habrán sido fruto de los oleajes del «puerto», de sus atardeceres en el faro de «La Punta» y de sus noches bailables frente al hotel Los Baños y Las Hamacas de aquellos tiempos?

¡Que levanten la mano los vástagos de esas aventuras furtivas en nuestra playa vedete de entonces!

A lo largo de mis muchos años he recorrido, buscando esa mejor playa, buena parte de los 1.016 kilómetros del litoral pacífico y 212 kilómetros del caribe.

Desde Conventillos, en la frontera marítima al norte del país, hasta Punta Burica, en el extremo sur.

Y desde Punta Castilla, en la desembocadura del San Juan, hasta la del Sixaola, en el mar caribe.

Camino y camino cada año a lo largo y ancho de ellas, pero todas poseen tal embrujo que, cuando tengo a flor de boca la decisión final, todas juntas me parecen la mejor, la diosa.

Las he visto vírgenes, empotradas como un diamante sobre el lecho de arenas blancas entre dos peñones.

Pero en cuanto grito «¡Esta es!», aparece otra, oculta tras los arcoíris de su oleaje rompiéndose contra riscos y acantilados.

Las hay también insinuantes tras los velos de la densa selva donde, puedo jurarlo, nunca nadie, desde la noche de los tiempos, ha puesto un pie sobre ellas.

A estas las he visto de refilón gracias a alguna brisa tan casual como indulgente que, en un parpadeo, desviste sus lujurias.  

Nada fácil este pasatiempo mío porque de otras playas, igual de mitológicas, apenas me entero por el eco de sus escarceos sobre lajas de musgos milenarios.

Con tan mala suerte que cuando creo, por fin, descifrar el enigma de su perfección, todo se desvanece e inunda de silencios.

Esta chochez me empezó a los cinco años, en el legendario Puntarenas, cuando ver por primera vez el mar se convirtió en mi antes y después.

La vida se me llenó de mar con todo incluido: su verde esmeralda, el frenesí de sus pájaros al amanecer, las voces de su lejanía, el pitazo sideral de algún barco partiendo.

Desde entonces, tal vez por el «déjà vu» de otra vida remota, hice tal clic existencial con el mar y su entorno que, no bien lo veo, me transformo, me libero, alucino.

La siguiente playa que conocí fue Tamarindo, allá por 1956, labrada gota a gota por los bíblicos atardeceres que aún hoy deslumbran y arrodillan a sus visitantes.

Como si al diluirse ese sol en el mar, algo de nosotros se escapara también entre sus lampos violáceos.

Igual, playas del Coco, en su hora la catedral del mar de paseantes y veraneantes que dejaron el corazón enterrado en sus arenas.

Para evocar, al cabo de la vida, aquellas lunas encendidas con uno caminando de la mano de alguna ninfa o «marcando» con ella, ojo avizor, bajo el almendro.

De ahí la chifladura mía de deambular, salveque al hombro, por nuestras playas, donde, tarde o temprano, encontraré a la elegida del mar para desvelar el secreto de su máxima lindura.

De repente, las playas del Guanacaste profundo: serenas y transparentes, rodeadas de geologías surrealistas, líneas y murales insólitos, estratificaciones apocalípticas, arcos y pirámides de roca negra.

De repente, las del Guanacaste vibrante y excitante: joyas de vitrina entre pedrerías resplandecientes, espejos de azules cósmicos e ignotos y remansos místicos de una paz trascendente.

Son tantas nuestras playas de ensueño como incógnitas tienen sus mares.

Las de Puntarenas, una continuación de la providencial singularidad que las pule y afina como una deidad siempre en gestación.

Desde las retadoras e imponentes, de mares abiertos y frontales de cara al horizonte, hasta las muy mojigatas entre bahías de aguas serenas cuya fosforescencia te atrapa.

Algo diferentes a las del caribe profundo en cuyos arrecifes de coral reina, rampante y llameante, el pecado original, hábitat exclusivo e indisoluble de sus evas y adanes.

Playas voluptuosas, de fondos marinos iridiscentes, salvajes, olorosas a principio del mundo, con su propia música y sus pasiones al rojo vivo.

De ahí que, ante semejante insolencia, ¿cómo resistirse a ellas si, al fin y al cabo, venimos del mar?

Vean, si no, las fotografías de Alonso, mi hijo y compañero de viaje, que engalanan esta columna con imágenes de algunas playas sobrenaturales que nos dejan sin respiración.

La lista es infinita, como su belleza: Matapalito, Punta Mona, Manuel Antonio, Conchal, Sanjuanillo, Uvita, Corcovado, Cabuyal, Burica, Guiones, Murciélago, Isla del Caño, Huevos, Ballena, Carrillo, Nancite, Drake, Sámara, Golfo Dulce…

A la larga ni sea importante elegir la mejor playa si todas lo son, pero al menos a mí me sirve de pretexto para seguir mochileando y hasta buscando, de manera inconsciente, más bien otra cosa: mi yo extraviado.

De modo que continuaré con esta narrativa de playas y parajes costeros como mi mejor terapia para amansar el loco que llevo dentro.

Inseparable del mar, hasta devolverle a este la última gota de vida que le debo.

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