¡A tu salud, vida!
Quizá por haber nacido yo en una base militar del cielo en la tierra, desde niño me inculcaron la cultura del «propósito de enmienda» para nunca repetir los pecados que cometía.
En mi inocencia infantil, me lo tomé tan a pecho que cada semana me sometía a esa práctica moral ante el horror de tener que desvelar mis faltas cotidianas al sacerdote.
Faltas que, si bien por mi edad eran inocuas, para mí eran el juicio final porque, según el canon divino, me podía ir al infierno si Dios, a través del cura de turno, no me las perdonaba.
Yo llegaba al confesionario y, tras el ritual inicial del «Avemaría Purísima: sin pecado concebida», le chorreaba al padre la lista que llevaba escrita a mano para que no se me escapara algún pecado, no fuera a ser que Dios me sorprendiera fauleándolo.
«Padre, me confieso que esta semana toqué el timbre de varias casas y salí soplado, me escondí detrás de una puerta a escuchar lo que hablaban los vecinos, dije malas palabras, le desinflé la llanta de la bici al cartero…»
Tras la penitencia, en mi caso tan variada como copiosa, proseguía el correspondiente «propósito de enmienda» para no incurrir de nuevo en tales travesuras.
No obstante, conforme fui creciendo, mis pecados fueron también evolucionando a tal punto que ya no eran tan inocentes y el tema de confesarlos me ponía cada vez más saltón.
«Padre, me confieso y arrepiento de haberle mentado la madre al lechero, haberle apodado “tetas” al vendedor de romero y manzanilla, haberle escondido la máscara de protección al soldador...»
Tras la consabida admonición, el padre me bendecía y hacía recordar el «propósito de enmienda» como sano ejercicio para prevenir y contener mi desmesurada fogosidad.
De ahí que, en la noche, cuando mi mamá me ponía a rezar, yo, todo obediencia, aprovechaba para repasar mis pecados del día, anotarlos en mi hojita mágica y renovar los «propósitos de enmienda» diciéndome en silencio:
«¡Edgar, recuérdalo bien! (se me pegó de los padres rezar en “tú”): no le dirás “tetas” nunca más a “tetas”, no les tirarás frijoles en la cabeza con la cerbatana a los transeúntes, no le destaparás los zapatos a tus amigos poniéndolos a tirar penales con bolas de piedra envueltas en papel o trapo…».
Esa bitácora a veces se me hacía tan villana que por momentos me sentía al borde de la excomunión.
Aun así, no me consideraba tan «pisuicas» porque viviendo donde vivía, entre dos búnkeres inexpugnables, o sea, los barrios Don Bosco y María Auxiliadora, pecar no era tan fácil debido al patrullaje constante de los padres salesianos y de las monjitas asomándose entre las persianas.
Tanto así que, cierta vez, el padre director de mi escuela nos pilló a dos compañeros y a mí haciendo guerra de orinadas a todo pipí y a todo chorro en media vía pública y nos mandó expulsados para la casa.
Creo que fue porque lo pringamos.
Eran los tiempos de cuando teníamos aquella próstata de lujo, tipo reactor nuclear.
Por eso aprovechaba a veces la oscuridad de la noche para mis incursiones macabras; como cuando me envolví en una sábana blanca para asustar por detrás a los que se sentaban en el pretil de la tumba de don León Cortés, entre el cementerio General y Obreros.
Y así hasta el día en que descubrí que entre los padres que me confesaban había uno al que se le sentía siempre un fuerte aliento a vino, y no precisamente de consagrar.
Me encantaba porque era el único que nunca me amonestaba ni ponía penitencia pese a la magnitud de mis pecados juveniles.
Ante semejante maravilla, ni lerdo ni perezoso esperé esa mañana a que el tal padre enófilo saliera del confesionario para identificarlo y adoptarlo como mi confesor de cabecera.
Me cayó del cielo sobre todo cuando, al adentrarme en los primeros escarceos de la adolescencia, mis pecados se fueron poniendo mucho más espesos, por no decir que excitantes.
«Padre, me confieso que durante la procesión del Viernes Santo me “copé” con una amiga del cole…».
Tan ni chistaba ni me reprendía que a ratos me parecía que se quedaba dormido en los sopores de su vino mañanero mientras yo, rajado, soltándole en vano mis diabluras.
Lo cual no dejaba de preocuparme porque, sin su absolución, mis primeros pasos por este mundo se encaminaban a todo meter hacia el fuego eterno.
La siguiente vez ocurrió lo mismo: «Padre, me confieso que me besé con una noviecilla a escondidas entre dos tumbas del cementerio Obrero…»
¡Y nada que reaccionaba!
Hasta que otro domingo, la vaina cambió. Yendo yo a confesarme con mi buen fardo de pecados encima y la conciencia negra como un carbón, entré en pánico al no sentirle el aliento a vino.
–Padre, me confieso (esa vez no le dije «me arrepiento») que una vecina que vive sola me está enseñando en su casa a bailar …
Tras carraspear, mi dios Baco me dijo con voz patriarcal:
–Continúa, hijo, continúa.
–Me está enseñando a bailar boleros de Lucho Gatica a pasito lento y, ya más marcado, mambos de Pérez Prado… –le respondí.
Era el año 1957 y me dio pavor mencionarle que ella, por la dosis de perreo que incluía, también me enseñaba los primeros caderazos del rock de Elvis.
–Hijo: con los de Lucho Gatica no importa tanto porque el pecado es venial, pero con los de Pérez Prado, es mortal. Él está excomulgado –zanjó.
No sin cierta indiscreción, inquirió:
–¿Y es solo baile o…?
–Sí, padre. Bueno, al final ella me regala un… un helado de natilla.
La cosa es que así, a salto de mata, fueron transcurriendo mis confesiones con él hasta la última de todas cuando le solté:
–Padre, me confieso que visité por primera vez un burdel.
–¡Santo Dios!
–Sí; uno que está allí por la iglesia La Merced, bajando al sur, pero no pasó nada, padre, porque entrábamos por una puerta y salíamos por la otra solo para samuelear
El asunto es que de haber llegado yo, hasta ese momento, a un récord penitencial de 10 padrenuestros y 10 avemarías en una sola confesión, ese día me clavó 30 credos.
Fue tan traumático que llegué a la conclusión de que, si como dicen, Dios todo lo ve y escucha, ¿para qué carajos me voy entonces a confesar? Mejor me apaño directamente con él y punto.
Y así lo hice cada noche mirando el cuadro de Jesús con el corazón abierto y el alma desgarrada que colgaba en mi cuarto con sus ojos que me perseguían.
«Señor, ya sabes que hoy pequé. No te cuento el cuento porque lo viste todo y más allá, pero dejo en tus manos mi castigo o mi perdón».
Tiempo después, en mis treintas, con el paso de la vida y de mis andanzas entre lo mítico y lo racional, renuncié a todo: dioses, creencias, religiones, iglesias, miedos existenciales y pajaritos en el cielo y… me liberé para siempre.
También de la muerte desde que la integré a mi realidad inexorable y, todavía mejor, al orden o caos unitario del cosmos al que pertenezco.
Ahora mismo, si se pudiera, regresaría al locutorio de mi confesor y le diría: «Venga, padre, sálgase de ahí para brindar con este vino que traigo por haberme marcado los límites que con los años me harían libre».
Lo suficiente para ver más allá de los dogmas, prejuicios y tabúes y descubrir esa verdad profunda que habita en mí y en todos.
Y que, sin necesidad de adorarla, invocarla ni presumirla, alumbró la oscuridad de mi camino.
De modo que, tras llegar a este mundo a bordo de un signo de interrogación, me iré de él ahora a bordo de uno de admiración.
¡A tu salud, vida!