Mi secreto de Estado

Voy a revelar hoy una intimidad.

Una confidencia que dedico a mis lectores indulgentes y a mis detractores inclementes.

Hace treinta años, en 1995, viendo la incontenible descomposición de nuestro sistema político, tomé una decisión:

¡Hacer una revolución!

A mi manera, pero revolución.

Entre 1970 y ese 1995 los signos de un Estado hipertrofiado, una clase política corrupta en ascenso y un país desnortado encendían la alarma de mis presagios.

Como un sexto sentido diciéndome «Caminamos al borde del precipicio».

El salto abrupto de un Estado solidario a uno empresario nos puso ya en caída libre sobre colosales pérdidas económicas sepultadas bajo montañas de escombros y chatarra.

De manera simultánea, la politización y saqueo de instituciones públicas, los flirteos de ciertos candidatos con el narcotráfico y los pactos bipartidistas tipo Figueres-Calderón hacían aún más sombrío el panorama.

La sola imagen de una Costa Rica desfigurada, avasallada y sometida a valores, costumbres y tradiciones incompatibles con los de esta tierra bendita, me aterraba.

Fue entonces cuando, decidido a hacer la revolución, me planteé la pregunta inevitable:

¿Cómo hacer hoy una revolución en Costa Rica sin disparar un solo tiro?

¿Cómo lograr un antes y un después para reconfigurar una democracia decadente y en peligro de colapsar?

¿Cómo frenar al bipartidismo cómplice y subterráneo que desde entonces incubaba una dictadura institucional de jerarcas con «corona» versus ciudadanos de «quinta»?

En mis desvaríos por desarticular y traerme abajo toda esa dinastía burocrática, llegué a la conclusión de que mi única opción sería escribir una novela.

Más como vía de escape para aplacar los demonios internos que me empujaban al campo de batalla para liberar a mi pueblo.

A través de una novela que, además, pudiera abrir los ojos del ciudadano para que, desde ella, este descubriera la indigencia a la que la élite política le había reducido y, de algún modo, se sublevara.

Novela que sería la culminación de un anhelo que empezó con mis primeros artículos y columnas llamando la atención del ciudadano acerca de los peligros que, desde las alturas del poder, se cernían sobre él.

Lo mismo que, desde la televisión, hacía Pilar, mi esposa, también en medio del rechazo e indignación de los políticos de turno que presionaban a los dueños de los medios para que, o nos cortaran la lengua, o la pusiéramos a su servicio. 

Esto lo traigo a colación sobre todo a propósito de los detractores que, no teniendo nada inteligente que decir ni transparencia histórica que ofrecer, recurren a toda suerte de insultos llamándonos «traidores de la patria» por el gran pecado de querer impulsar el cambio.

El primer teclazo de la novela lo di a finales de ese año 1995 bajo el título de «La revolución alucinada» que cristalizaba la esencia de mis devaneos.

La novela evolucionó enriquecida y fortalecida por lo que fue sucediendo a lo largo de los gobiernos siguientes entre 1998 y 2014 cuando la concluí.

La historia, paso a pasito, no solo fue haciendo cada vez más evidentes mis temores, sino que confirmaba los peores pronósticos para un país en manos de una oligarquía política enquistada por décadas en la médula del poder.

En mi novela, el gran protagonista es el capitán Metáfora quien, ante aquel monstruo institucional depredando la riqueza y la dignidad públicas, decide aislarlo llevándose al pueblo a un lugar desconocido para forzar el inminente final de aquel ya sin fortuna, privilegios ni bacanales.

Toda una metáfora para exaltar la prominencia y preeminencia del pueblo como fuente primordial de donde emanan los poderes del Estado para ser servido y nunca explotado ni exprimido.

Una vez que terminé la novela, se la entregué a tres expertos en literatura quienes, al final, le dieron luz verde pero yo, tras repasarla una y otra vez por mi propio esmeril, preferí no publicarla.

Quizá todo se debió a mi histeria perfeccionista, pero la falta de un elemento catalizador para que la novela fluyera con sus circuitos y conexiones a toda chispa, me hizo desistir de ella, archivarla y dejársela a mis nietos para que hicieran barquitos de papel.

No obstante, al cabo del tiempo sobrevino, como profecía, el gran milagro cuando la novela de ficción que no pudo dar a luz mi revolución se convirtió en realidad.

Costa Rica está viviendo actualmente esa revolución en democracia no con armas ni muertos como en el 48, sino con el lapicero que empuña muy en alto nuestro propio pueblo.

El mismo lapicero con que ese gran pueblo, ahora como protagonista y autor, está escribiendo por mí su anhelada ruta hacia el cambio y un destino promisorio.  

Una novela, sin duda, de gran suspenso cuyo desenlace lo sabremos en febrero de 2026 cuando el pueblo, ahora con mayor clarividencia, madurez y coraje, se enfrente al viejo monstruo en la urna electoral.

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