Ciudadanos de a pie, pero en pie de lucha
Hoy salí del brazo de Pilar y mi hijo Alonso de la Asamblea Legislativa rumbo a la gran manifestación cívica y, no bien caminamos un metro, la perdimos.
Se la tragó la multitud ávida de saludarla, de su abrazo, de sus palabras, de la foto y, sobre todo, de enarbolar con ella la bandera de Costa Rica.
Alonso se dispersó por su lado a tomar fotos y yo a revolverme codo a codo, como uno más, con la muchedumbre, para sentir la energía de un pueblo indignado contra los sumos pontífices de nuestra institucionalidad.
Indignado, pero a la vez ávido, urgido y desesperado, por un cambio más profundo que saque de esos poderes e instituciones satélites a los parásitos de cuello blanco pero alma negra que impiden el desarrollo, el bienestar y la paz del ciudadano raso.
Un cambio que le permita recuperar la democracia, la libertad, los derechos y todo un país suyo, todo suyo, donde el poder institucional no se lo repartan en piñata entre los magistrados, diputados, jueces y fiscales, con el crimen organizado, el narcotráfico, la delincuencia y el sicariato.
¡Gracias, Costa Rica!
Gracias a los ciudadanos que, con gran esfuerzo y sacrificio, acudieron hoy, desde distintas regiones del país, a su cita histórica con la patria.
Gracias también a los ciudadanos que, por razones de fuerza mayor, no pudieron ir pero que, de corazón, se aliaron a este movimiento cívico desde sus hogares, trabajos y la tierra que labran día a día.
Gracias a todos ellos por abrir los ojos y entender por fin que, durante muchas décadas, de generación en generación han venido siendo engañados y estafados por la élite política gobernante.
Una élite que, a través de manipular la Constitución Política, códigos, leyes y todo el aparato jurídico del Estado, se ha apoderado de manera descarada e impune de todas nuestras instituciones.
No solo para ocuparlas por asalto eligiendo en los puestos clave a amigos, aduladores y cómplices, sino para utilizarlas a su antojo como plataformas de privilegios, negocios turbios, presupuestos escandalosos y aberrante ineficiencia.
La manifestación de hoy fue en un acto de protesta, sí, pero sobre todo de repudio, contra el fiscal general Carlo Diaz, personaje cuya colección de cuestionamientos es de escaparate a lo largo de su vida profesional.
Lo más grave, sin embargo, de esta conducta suya inapropiada contra las normas éticas, morales y legales, es el respaldo cómplice y silencioso que ha tenido por parte de la Corte Suprema de Justicia.
No solo al nombrar a alguien con antecedentes que lo descalificaban ad-portas para ese puesto, sino por tolerarle una sucesión de hechos insólitos contra el ordenamiento jurídico que han hecho estallar las alarmas de la población.
El Poder Judicial murió para el ciudadano honesto, sencillo, trabajador y emprendedor desde que gobernantes, diputados e influyentes políticos lo convirtieron en el gran santuario de su impunidad personal para tapar el asco de sus actos corruptos contra el pueblo.
Solo nuestro pueblo podrá acabar con la pequeñez, mezquindad, ignorancia e inmoralidad de esta dinastía institucional que por décadas nos ha tenido, no como el ideal por el cual luchar para una sociedad más digna y próspera, sino como su exclusivo y fastuoso botín.
Salí de la manifestación con muchísima fe en este pueblo con el cual pude hablar, reír, gritar, cantar y abrazarme como sellando desde ayer el gran pacto para forjar la nueva Costa Rica.
Todavía al garabatear esta columna, ando buscando a Pilar.
Nada de extrañar. El que esté ella ahí fue una decisión familiar nuestra muy dura y con muchísimo sacrificio para todos nosotros, sobre todo los nietos pequeñines que hoy se duermen sin los cuentos que les contaba.
Pero si no lo hacíamos, si no le dábamos al país la mano que necesitaba para este cambio histórico, no nos lo hubiéramos perdonado nunca.