Mi apuesta del siglo
Les tengo un notición.
Buenísimo para unos, no tanto para otros: me he propuesto llegar a los 125 años.
Pensión incluida, pero tranquilos: de la baratica, de los ciudadanos de «quinta» y por la que cotizamos a la CCSS.
Como aún me faltan 45 años para alcanzar mi objetivo, le costaré al país la ridiculez de ¢904 995 000, aguinaldos incluidos pero aumentos excluidos.
Porque la del ciudadano de «primera», al que ustedes ya conocen por su corona, les hubiera salido en
¢4 225 000 000.
O sea que, soy un negociazo pa la patria.
Claro, no sé quién me la va a pagar porque entre el 2050 y 2070 nuestra población será tan vieja, o casi, como este inmortal ahora.
De todas formas, a esas alturas de la vida ya uno ni plata necesita, salvo para «overjoliarse» cada año la plancha de dientes.
De modo que cuando llegue mi día de abandonar estos divinos repastos, me vaya bien comido, bebido y zarandeado.
El caso es que para vivir hasta los 125 años he trazado un plan maestro que es todo un desafío.
Un desafío porque mientras el instinto me impulsa a vivir, mis carnes se niegan a resistir.
Le doy y le doy a los ejercicios, de moderados a intensos, pero lo que de muchacho pronto me volvía fortachón, ahora acaba en moretón.
Le he declarado la guerra a la flacidez con pesitas de diez libras, pero el arruguero y pellejero, indiferentes a mis sacrificios, siguen su destino inexorable.
«¡Ay mijito, el hueco jala!», decía mi abuela.
Sin embargo, la idea es nunca desanirmarse para poder llegar a los 125 ojalá a ritmo de «lambada».
Enfrentando, incluso, el cotilleo del vecindario que me cree loco de atar cada mañana que practico el «tai chi».
Y todo por mis aleteos y manoteos para mi cotidiano vuelo astral.
Ignorando ellos que esto más bien sirve para reconectar el cerebro, aplacar los pálpitos y súbitos y fortalecer las extremidades para esa «lambada» final.
En lo que sí no me está yendo nada bien es en las rutinas de equilibrio para sostenerme, por ejemplo, en un pie.
Máxime cuando, ante mi inevitable descalabro, se aparece la terapeuta, siempre tan frutosa y cariñosa, a abrazarme y socorrerme.
¡Y yo como el más desmayado!
Ante semejante descarrile, ella ahora me está enseñando una serie de posturas corporales para reposicionarme el centro de gravedad y alinearme el «chasis».
Pero solo está logrando, con su exótico bamboleo, que se me suba la presión a 180/120.
No obstante, me jura y recontrajura que, en el instante en que logre mi equilibrio corporal y emocional, tendré garantizada por adelantado la longevidad hasta el 2045, es decir, a mis 100 años
¿Qué hacer para los siguientes 25?
Empezar a excitar desde ahora a todas las «inas» (menos a las vecinas, me advirtió), desde la endorfina hasta la oxitocina, pasando por la serotonina y dopamina.
Algo que mi gerontólogo aprueba siempre y cuando añada una buena dosis de sana y pausada respiración durante mis jornadas aeróbicas matinales.
Aún no le he dicho nada, pero me lo están impidiendo los olores a desayuno, sobre todo a huevos fritos con jamón y tocino, que se desatan desde todas las vías públicas de acá en Tres Ríos.
Y también a la hora del almuerzo, mientras subo y bajo gradas en un edificio cercano, el tufo a bacalao, a mondongo y a salchichón refrito.
Olores que me detonan la arritmia bulímica.
Es decir que, a la primera inspiración profunda y liberadora, se me va al carajo todo el ritual taoísta para endurecer mi «six pack» abdominal.
Por dicha todavía no me afecta el «sex pack» sensacional.
Si bien tengo otras opciones para enmendar ese lapsus involuntario, como tomar ginseng y matcha para retener la ancianidad, prefiero no jugármela ahora con nada chino por razones trumpianas.
No vaya a ser que acabe yo también «chin vicha».
Es preferible, como sustituto, el jugo de repollo antes de acostarme así pase la noche entera con el intestino insubordinado.
Y como no hay mal que por bien no venga, amaneceré unas mil milésimas de mi vida más joven gracias a las propiedades antioxidantes del repopopollo.
La buena noticia para los que me quieran seguir hasta los 125 años es que, tras profundas investigaciones mías, he dado por fin con la fórmula mágica para lograrlo.
E + T = PV ∞
En la que E (Epigenética) más T (Telómeros) es igual a PV∞ (Pura Vida elevada a la infinita potencia).
Dicho en simple, epigenética es la opción biológica que todos tenemos para elegir entre una buena o mala calidad de vida.
Entre el licor, cigarro, sedentarismo, trasnoches, drogas, comida chatarra y ultraprocesada… o la buena alimentación, el ejercicio, el sueño reparador, la meditación …
Entre el estrés tóxico, la ansiedad y el mal humor… o la armonía, el placer, la paz y la actitud positiva.
Entre la violencia, el odio, la envidia y el rencor… o la solidaridad, el altruismo y el respeto por los valores.
Está en uno, a través del estilo de vida y el equilibrio mental, activar los genes que nos ayudarían a evitar la precipitación de enfermades crónicas.
Somos, cada uno, el director de orquesta de nuestro cuerpo y nuestra mente a cargo de interpretar la mejor (o la peor) sinfonía de la vida.
Esta epigenética nos conecta, por añadidura, a los telómeros, puntas protectoras de los cromosomas, vitales para retener el envejecimiento y mejorar la calidad de vida como un todo.
A manera de ilustración, los telómeros son como la capucha o funda plástica que recubre los extremos de un cordón (cromosoma) de zapatos.
Sin importar la edad, pero sí nuestra conducta, si esos telómeros se acortan mucho más de lo debido cada vez que la célula se divide, esta envejece y muere.
Acortamiento que puede desembocar en cáncer, envejecimiento prematuro o acelerado y enfermedades terminales.
Está en uno, y solo en uno, ayudar a que esa estructura física de los cromosomas y la regulación bioquímica de los genes funcionen de manera óptima.
De modo que, con el perdón de la Calaca, seguidme, lectores, y liberaos de los demonios de la entropía para llegarle a los añorados 125… prorrogables.
Nos vemos entonces en 2060 a las 10am, en el Parque Central, para pasar lista, tomarnos un fresco y continuar el camino.