A la vejez, espuelas
La vejez pasa por varias etapas y me acabo de enterar de que estoy en la última.
En la de cuando, de noche, me empiezo a asustar de mí mismo.
Nadie nunca me lo había dicho.
Quizá para no alarmarlo a uno, por un secreto personal bien guardado o porque, de la impresión de saberse espanto en vida, le puede dar algo y chao.
Lo normal ha sido siempre asustarse del ánima ajena o extraña, pero jamás de la propia, que yo suponía «post mortem».
O sea, que hasta que uno no moría, esta no advenía como el gran relevo sobrenatural.
Pero no: acabo de descubrir que el espanto se cuaja o incuba en uno a partir de los ochenta, o sea, ya, a mi edad.
Hace dos semanas, yendo hacia la cocina a medianoche, de repente se me apareció un alguien espectral.
Curado, como estoy, de espantos, de momento ni me inmuté.
Recuerden que me crie entre muertos al vivir en medio de cinco camposantos.
El General, el Obrero, el Calvo, el de Extranjeros y el Judío.
Toda una anchurosa y jacarandosa frontera entre la vida y la muerte.
En la que, de tan revueltos que andábamos todos durante el día en nuestras cosas, a nadie le importaba cuál era su verdadero estatus, si existencial o sepulcral.
Como el famoso gato de Schrödinger que puede estar vivo y muerto a la vez como consecuencia, en términos cuánticos, de la dualidad onda-partícula.
El problema, sin embargo, era a medianoche cuando al quedar los muertos íngrimos en la calle, los vivos que trasnochaban descubrían quién era quién.
Sobre todo, cuando del carrerón se les bajaba la juma y hasta la hombría.
De modo que, de vivir tantos años como un tránsfuga a uno y otro lado de la cerca metafísica, acabé teniendo con ellos una relación simbiótica de compas.
De maes y mops.
Como en Pedro Páramo, de Juan Rulfo, donde el tenue velo entre el ser y el no ser hace que todos sean.
De modo que por haber sido yo parte entrañable de ese mundo espectral, nadie, ni siquiera ese alguien que vi en mi casa, me podía espantar.
Hasta darme cuenta de que no era cualquier alguien, sino yo.
Lo supe por la figura difusa, flotante y vaporosa a mi lado, como tomándome parecer sobre la que sería mi ánima oficial de catálogo.
Mi sospecha de que algo no andaba bien la confirmé cuando, al quedar yo paralizado del susto, el espejismo también se inmovilizó.
Como si también se hubiera asustado de mí.
Porque no deja de ser impactante conocer al que será tu reemplazo en la eternidad; su estilo, su aire, su estampa.
Pese a todo, vieran que no luzco tan mal. Me la juego. No con «cuadritos six pack» en el abdomen, pero con ángel, carisma y cierta lujuria ultramundana.
Prometo a mis lectoras, cuando yo ya no esté, hacerles una pasarela nocturna para posarles y modelarles mis atributos extraterrenos.
Moderadito, eso sí, y sin arrebatos maripepinos.
La segunda evidencia de que entré en mi fase final es aún más intrigante.
No tanto por lo aprensiva como por lo enigmática al tocarme el ego en lo más íntimo.
Se trata de que ya ni mi celular me reconoce.
Mi propio «Face ID» me ignora, rechaza, ningunea y obliga a clicar el código para ingresar.
He tratado de buscarle explicación a esto y nada.
La única es la diaria aparición de nuevas arrugas faciales que desconfiguran, y hasta escandalizan, la tarjeta de memoria de mi celu.
Logrando que entre el algoritmo y la terminal biométrica se confabulen para identificarme, no como el dueño del aparato, sino como un intruso, impostor o jaqueador.
Con el agravante de que de nada me ha valido hacerle muecas a la pantalla a ver si, en una de tantas, reaparece mi imagen original y entro.
Lejos de ello, la pantalla colapsa, se apaga y se pone en negro.
Tampoco me deja ingresar vía huella digital debido a que, en esta etapa final de la vejez, todas las estrías de los dedos desaparecen.
Siendo sustituidas de inmediato por arrugas no detectables aún por los sensores de la tecnología digital y artificial de punta.
Incluso, tecleándole la clave, mi celu a veces se queda dudando, pensando, indeciso y en consultas con el satélite más cercano a ver si yo soy yo.
Lástima que mi celu no tenga el sistema de «Voice ID» ya no tanto para ingresar como para reputearlo.
Aunque, igual, tampoco me reconocería porque a estas alturas de mi vida en vez de voz lo que me salen son gárgaras.
Para rematar, el «Face ID» tampoco me está dejando refrescar mi imagen de manera que pueda registrar, día a día, las nuevas arrugas, tics, pellejos y deformaciones cutáneas.
Digo «refrescar» pero es probable que esta sea otra acción proscrita o extinta para mí.
En síntesis, mi cara llegó al límite de la capacidad tecnológica del celu para identificar a un ser humano de mi edad porque lo que sigue es el ánima.
Increíble que no haya aún una aplicación o app para estas transmigraciones ontológicas de uno.
Ni un servicio al cliente en este umbral entre la física y la metafísica.
En una época como esta de conexiones cuánticas y místicas es hora de que exista un código privado para nosotros los seres en el «in between» del aquí y del allá.
Más del allá que del aquí, pero que funcione con tecnología mixta o genérica.
La tercera evidencia la comprobé la semana pasada estando yo en Los Chiles cuando, al quedarme de pie en un auditorio repleto, dos señoras mayores se levantaron prestas de sus sillas para ofrecerme el campo.
Me las comí a besos y abrazos, por supuesto, ante tan bello gesto, pero me dejaron pensando en lo pésimo que me deben haber visto como para concitar en ellas, de esa manera, su compasión y misericordia.
Tras rogarles que retornaran a sus asientos, me quedé de pie sin poder concentrarme en la charla del expositor para hacerme un selfi mental a conciencia que diera con la presunta falla mía.
¿Jorobado? No. ¿Renco? Tampoco. ¿Tembloroso? A veces, según las emociones. ¿Haciendo trencito? Cero. ¿Delirando? Puede ser, pero como soy sordo por dicha ni me oigo.
Hasta que finalmente di en el clavo: entre las 200 personas que había, yo era, por lejos, la más vieja.
Me pasa ya en todo lado: aeropuertos, reuniones sociales, supermercados, asilos de ancianos, cines, tabernas, «ollas de carne» (bailongos) …
Tanto así que no dejo de preguntarme si seré el único viejo loco suelto todavía por estas calles de Dios.
O sea, al que no le han avisado que es hora de tener listas las maletas a reventar de oraciones y perdones para la partida.
¿Qué se hicieron mis coetáneos vivos?
¿Encuevados viendo OnlyFans? ¿Contando plata? ¿Rezando el trisagio? ¿Empollando La Magnífica? ¿Enterrando las joyas?
No sé, pero lo que soy yo, no pienso desperdiciar un solo segundo de esta última etapa de mi vejez.
De modo, queridos lectores, que acepto invitaciones a toda hora y lugar, espanto incluido.
Quedan advertidos.