¡Ese beso extraviado!

Estaba yo esa mañana en el parque de Nicoya cuando una dama de traje blanco inmaculado se me acercó y, con gran sigilo, me dijo algo muy al oído.

Esto de secretearse es normal entre humanos sobre todo cuando se juega cerca de los repastos de la política porque, con tantos moros y loros en la costa, lo prudente es siempre bajar la voz y aguzar la mirada.

Aunque no soy político y nunca lo seré, si de algo hay que cuidarse es del célebre comadreo tan propio de ese oficio maquiavélico que ha tenido al mundo siempre patas arriba.

Todo un escenario donde las paredes oyen, se habla tras bambalinas, se pacta bajo la mesa, se serruchan pisos y campea el chisme en trillos y corrillos.

Más aún esa mañana de solemnidades patrias y algarabía parroquial en que el parque bullía de diputados, magistrados, ministros y políticos de toda prosapia, ciudadanos de la calle y del campo incluidos.

La dama, una distinguida asesora, me susurró:

–Tiene una mancha entre el hombro y el cuello de la camisa.

Como hacía nada había estado yo a la sombra de unos palos de mango, pensé en un churrete de esta fruta o de cuita de zanate como premio por estar a veces donde no quepo.

Sin despegarse de mi oreja y con la misma delicadeza del principio, ella deslizó:

–Es pintura de labios, don Edgar. Se le marca una gran boca roja de mujer.

¡Chispas y recontrachispas!   

Debido al protocolo que exigía el acto oficial, todos, de arriba abajo, vestíamos de un blanco impecable que, de paso, nos servía para amortiguar las intemperancias de aquel sol perpendicular.

Como no me daba la «bisagra» del cuello para verme aquella huella femenina históricamente causante de tantos estragos matrimoniales, la asesora, sin perder un ápice la compostura, me tomó varias fotos desde todos los ángulos para que apreciara la magnitud de aquel ósculo.

Y sin dejarme siquiera balbucir solución alguna, pues parecía más preocupada que yo, la asesora me sugirió retirarme de la zona caliente para evitar la chanza y el cuchicheo del culto público.

Sobre todo, del político, alguno no tan culto.

O sea, desaparecerme mientras ella volvía de la farmacia y la pulpería con un cepillo de cerdas suaves, alcohol isopropílico, jabón líquido de platos, agua, laca y algún disolvente.

Toda esta parafernalia para eliminar aquella mácula inocente, digo yo, aunque escandalosa e irreverente a los ojos de la santa liturgia legislativa.

Tan angustiada estaba ella por mí que, por un instante, sospeché de ella como la autora de aquella impronta labial más propia de las noches desatadas que de las mañanas recatadas.

Me debe haber adivinado el pensamiento porque mientras examinaba con detalle microscópico aquel beso travieso y espeso, se sacudió:

«Mío no es, pero podemos investigar la procedencia».

Tenía razón: era cosa de descubrir a la dueña de aquellos labios tan carnosos como voluptuosos.

La cosa es que mientras ella corrió en busca de la alquimia salvadora, me quedé a vista y paciencia de todo el mundo luciendo y exhibiendo, con donaire ochentil, aquel enigma que me inflamaba el ego macho cabrío-alfa-tres y sucedáneos.

Todos los que pasaban y me saludaban se me quedaban mirando la camisa con asombro, y no sin cierta envidia, como si les evocara el lienzo de Klimt donde este plasmó su beso inmortal.

Al menos, el más puro y tierno de los besos que se conozcan, muy diferente al de Cupido, atrevido y aguerrido, o de El Bosco, en «El Jardín de las delicias», donde cualquier cosa podía suceder.

En todo caso, qué carajo; bienvenido el beso que fuera menos el de la muerte, de cuya miel te inocula, seductora, su majestad «La Ñata».

Mientras regresaba mi hada madrina con sus menjurjes mágicos, hice un breve repaso sobre las posibles causantes, y sus intenciones, de aquel extraño beso.

¿Accidental? ¿Criminal? ¿Subliminal? ¿Sobrenatural?

Tras un breve escrutinio, las sospechosas quedaron entre dos grandes finalistas:

Una nativa bajita que se me colgó del cuello para un beso frondoso, y otra, más bien mulata y fortachona, que me hizo para donde quiso feliz de conocer al esposo de la Dama de Hierro.

Porque se da el caso, y siempre, de que los cientos de mujeres que desean saludar a Pilar y no pueden por estar ella lejos o en alguna reunión, me utilizan a mí como feliz mula de carga de todos esos besos y abrazos de admiración para ella.

Besos y abrazos que, en señal de gratitud, yo devuelvo uno a uno a todas ellas, solícito y galante, con feria incluida exclusividad de la casa.

Como diríamos los franchutes de Tresrri: «deux fois», es decir, por cada beso a mí devuelvo dos.

Al final, mi hada y yo nos dimos cuenta de que, lejos de funcionar, la alquimia convirtió la mancha en un atolle o embarrijo de rojo carmesí que exigía, de inmediato, una solución más radical y fulminante.

Más bien milagrosa.

Sobre todo, porque, al estar a punto de terminar la sesión plenaria, Pilar y yo nos encontraríamos para continuar con los actos protocolarios entre desfiles, discursos, pasarelas públicas y almuerzos.

Y, bueno, con esa boca de mujer ahí plantada y enfogada fuera de toda etiqueta y menú, el gran protagonista iba a ser, sin duda, su majestad el morbo, por lo que lo más sensato era no darle gusto.

Amén de que me tomaría mi buen tiempo hilvanar ante Pilar una complicada explicación para convencerla de que aquel pegote labial no era más que un imponderable de ese Guanacaste festivo, caliente y bravío.

Empero, no tuve necesidad de llegar a tanto porque en el último minuto, cuando los diputados y políticos venían saliendo, con Pilar entre ellos, me iluminé.

Atenido a que siempre se quedan hablando sobre lo humano y lo divino, corrí desalado a la tienda más cercana y me compré otra camisa blanca, esta vez, marca «Patito».

Sin mucho trámite ni modelaje, me la encasqueté allí mismo, desaparecí el cuerpo del delito, saqué pecho y me presenté ante «la jefa» níveo y pulcro como me había dejado ella una hora antes.

«Aquí no pasó nada», nos dijimos con la mirada de reojo, entre cómplice y aliviada, mi hada madrina y yo.

Hasta ayer cuando, al leer Pilar esta columna, me absolvió de toda sospecha y se disculpó más bien por hacerme vivir las duras y las maduras de la política y el poder.

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